Aquel viejo par de botas, que me dieron la vida…

Botas viejas_2¿Qué me diríais si os dijera que yo estoy en este mundo gracias a un viejo par de botas?


Bueno, yo, mis tres hijos, mi nieto y otra que viene en camino. Pues sí, todos existimos y estamos en este mundo, gracias a ese viejo par de botas calzadas en los pies de un mando Nacional durante la Guerra Civil Española.

Y… ¿Qué leches tendrán que ver esas viejas botas con que este pobre individuo que escribe este artículo y su prole estén en este mundo? os preguntareis…

Mejor que empiece por el principio…

Mi padre, que nación en Martos (Jaén) allá por el año 1912, fué un buen zapatero. Uno de esos que había en aquellos tiempos lejanos en que su padre (mi abuelo al que no llegué a conocer), y que a su vez también era zapatero, con muy pocos años lo sentó en un taburete a su lado para que aprendiera el oficio como mandaban los cánones de aquellos tiempos. Y vaya si lo aprendió!!!

Mi padre se convirtió en un gran zapatero que sabía todo del oficio, desde hacer el patrón hasta el final del zapato. Y en aquellos tiempos como no había máquinas de coser -que mejor dicho si las había, pero no podían comprarlas, ya que una de aquellas “Singer” a pedal costaba la friolera de ¡75 pesetas!, una pequeña fortuna en aquellos tiempos para aquellas humildes familias- así que se cosía todo a mano, desde el corte del zapato hasta la suela. Daba gusto ver a mi padre con que destreza cosía a mano. Una vez le vi hacer una funda de cuero (de ese fuerte y grueso que normalmente  se emplea para hacer las suelas), Francisco Cabrera Alvarezpara una pernera de metal que le trajo un picador de toros.

Durante un período de algunos años, tuvo que dejar de ejercer su oficio, ya que en aquellos tiempos, el oficio de zapatero no daba demasiado para vivir y durante algunos años, recorrió España junto a mi madre como viajante de joyas y libros. Y fué durante su estancia en la bella ciudad de Santander, donde nació un servidor aqui presente.

Mas tarde, emigramos a Montevideo, allá por el final del año 1959 cuando yo tenía cuatro años, recuerdo que mi madre contaba como al principio de estar allí y sin un duro, empezó mi padre recogiendo zapatos viejos y restaurándolos para luego venderlos en la feria de Tristán Narvaja, una suerte de mercadillo enorme que se organiza en Montevideo todos los domingos, y donde puedes encontrar de todo, y cuando digo de todo quiero decir de todo… Un ejemplo… Te robaban el coche entre semana y podías ir a recuperarlo el domingo siguiente a piezas en dicho mercado (pagando por supuesto).
Con el tiempo la cosa fue prosperando y llegamos a tener una fábrica de calzado en la que trabajaban treinta o cuarenta personas. Si lee alguien de por allí este relato con la suficiente edad, tal vez recuerde un modelo que saco mi padre al que llamo “Criollitas”, un modelo de piel con suela de neumático que me recuerda mucho a los deportivos que se usan actualmente. Este modelo llego a tener mucho auge y se vendía en cantidades enormes. Recuerdo que cuando volvimos a España, un amigo de mi padre al que enseñó, se quedo allí fabricándolos el y dio continuidad a la saga de dicho modelo. Actualmente, no sé que habrá sido de ellas. Me gustaría saber como termino la historia…

Y bueno, una vez hechas todas estas aclaraciones y contado un pequeño trozo de la historia de mi vida, llego la hora de contar el porque de la relación entre un viejo par de botas y mi existencia propiamente dicha.

A mi padre le pillo la guerra civil, y por supuesto en edad de ser reclutado, por aquellos entonces estaba en la llamada “Guardia de asalto”, precursora de lo que actualmente es la Policía Nacional. Y a el le toco luchar en el bando republicano ya que era de ideas izquierdistas. Esa parte de la historia y porque cayó preso no la recuerdo muy bien, pero lo que sí me acuerdo y no se me olvidara nunca es lo que me contó y que resulta ser el motivo de mi existencia.

Resulta que mi padre, al que habían arrestado los nacionales, estaba formado en una fila junto a otros republicanos a los que iban a fusilar. Les estaban pasando revista (o algo así) por parte de un mando y un soldado del bando Nacional (o sea de los de Franco). Al pasar el mando por delante de él (no recuerdo la

Con su uniforme de Guardia

graduación que me dijo que tenía dicho mando, creo que capitán) por delante de mi padre, este se dio cuenta que llevaba las botas hechas un desastre, cosa por otra parte muy común y normal en esos tiempos en los que había más miseria que otra cosa en ambos mandos, mi padre al verlas, le dijo “esas botas se las dejaría yo como nuevas”… a lo que el mando le contestó, ¿ah sí? Es usted zapatero? Y ahí tienes a mi padre saliendo de una fila a cuyos integrantes les quedaba apenas unos minutos de vida. Lo siguiente es que efectivamente ese señor tuvo unas botas casi nuevas, a mi padre lo nombraron algo así como zapatero del regimiento y gracias a eso aquí estoy yo y los que me siguen.

¡Malditas guerras! Me imagino que historias como esta las habrá por docenas. ¡Cuantas muertes en vano de personas solo por el hecho de pensar diferente! Pero esta es la historia de mi padre y para mi la más importante del mundo, por que también es la mía.

Gracias papá, se que tal vez no fuiste un padre perfecto, tenías tus virtudes y defectos pero eras al fin y al cabo mi padre y muchas veces pienso que no me porté contigo todo lo bien que te merecías. Espero que allí donde estés, sepas perdonarme por ello. Te quiero.

Y muchas gracias, por haber arreglado aquel viejo par de botas, gracias a ello, puedo escribir este artículo en tu honor. Nunca te olvidaremos…

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